Bueno, esto es lo último que he escrito. Adentrándome en las profundidades del mundo rosa... jejejejeje
Antes de nada, deciros que esto no es real, y no tiene ninguna base que no sea ficticia (Bea, tranquila, no he vuelto a las andadas). No tengo ningún gato, NO ESTOY ENAMORADA DE NADIE (ya no, por fin!) y mi situación anímica no tiene nada que ver con lo que he escrito. En mi blog cuelgo muchas chorradas, pero no voy a desnudarme de esa manera, todo tiene un límite.
Lo he escrito a raíz de una peli que he visto, pero reconozco que, dado mi historial, puede resultar algo sospechoso... La realidad supera la ficción pero (afortunadamente) en este caso no es así.
Os lo aclaro sobre todo para que no me llaméis asustadas para darme la charla (Eva, ya recuperé el sentido común, no voy a volver atrás por nada del mundo). Mi vida no es una telenovela (aunque muchas veces lo ha parecido) y tengo la intención de seguir así mucho tiempo. El único "momento telenovela" es cuando veo Yo soy Bea, jejejejeje
También os recuerdo que de mis líos salí por mi propio pie (y con mucha ayuda) y no voy a volver a meterme otra vez en aquel callejón sin salida.
Volviendo al tema que nos ocupa, mi textito: Yo entiendo que muy bien no está, pero dadas las circunstancias (llevo toda la tarde con las prácticas), creo que ha quedado bastante decente. Es que a estas horas ya necesitaba desfogar mi creatividad de alguna manera... Decidme si os ha gustado, ¿va?
A pesar de la distancia, podría reconocer su figura de entre un millón en cualquier lugar del mundo. Sabía que era él. No necesitaba oír su voz, ver su rostro, para reconocerle. Tan sólo su forma de andar, o de quedarse quieto en un lugar, le bastaban como signo de reconocimiento.
Había pasado tanto tiempo... Tanto tiempo y tantas cosas. Ahora su nombre era sólo un borrón más en una larga lista de fracasos, pero su mera presencia bastaba para alterarla. Debería empezar a reconocer que aún sentía algo por él... No, no podía volver a dudar. Flaquear es síntoma de debilidad, y ya habían explotado sus debilidades demasiadas veces. Debía ser fuerte, luchar... ¿contra qué? ¿Contra quién? ¿Contra sí misma? ¿Contra sus nervios, descontrolados cada vez que lo tenía cerca?
No tenía sentido. La vida rara veces lo tiene, pero en la suya el grado de absurdo estaba llegando a un punto alarmante. No, no podia ser... No podía volver a caer en ese juego, mucho menos ahora, después de tanto tiempo... No iba a volver a ilusionarse con algo que ella sabía que no era real. Hay cosas que, aún hechas sin mala intención, son imperdonables. Era consciente de que, a pesar de todo, daría lo que fuera por ver de nuevo su sonrisa, por pasar una noche a su lado... Pero eran meros sueños con los que rellenar el vacío de sus noches.
Seguía allí, inmóvil, mientras esperaba que él diera muestras de reconocerla... Tal vez no la había visto. Tal vez no quería verla. Era probable. ¿Qué esperaba? ¿De verdad pensaba, después de tanto tiempo, que él tendría el más mínimo deseo de saber algo de ella?
Una vez más, el tiempo parecía detenerse para ella. ¿Por qué ocurría siempre en su presencia? ¿Por qué tenía siempre que acabar perdiendo el control? Debía ser fuerte, debía recuperarse... La parte que ansiaba tenerle cerca se iba haciendo más y más grande por momentos. ¿Y si realmente no la había visto? ¿Y si se acercaba un momento, sólo para comprobarlo? ¿Y si esta vez podían tener una conversación normal? ¿Y si...?
Sacudió la cabeza con fuerza, tratando de apartar todas aquellas situaciones de su mente. Todo era mentira. Nunca pasaría nada de todo aquello, por mucho que cerrara los ojos y lo deseara con fuerza. Nunca la había querido. Nunca la querría. Ya era hora de empezar a asumir la realidad.
Lentamente, tomó aire y se dio la vuelta. Cada paso que daba, cada centímetro que se alejaba más y más de él, era un escalón más hacia su libertad.
Giró la esquina y paró en seco, sin casi poder respirar. Apoyó la cabeza en la pared, mientras cerraba los ojos... No, no lloraría. Iba a ser fuerte. Iba a poder controlarlo. Sentía que su corazón se estaba desintegrando lentamente, pero no daría marcha atrás.
Verle ahí, indiferente ante su presencia, tal vez rezando porque ella no se acercara... Ya era el colmo. Iba a demostrarle, iba a demostrarse, que ella era mucho más que una bobalicona enamorada. Tal vez no fuera guapa, tal vez no fuera rica... Pero también tenía dignidad. Escasa, después de sentirse despreciada, humillada, rechazada... Ya era hora de cambiar eso.
Al llegar a casa se sentó en el sofá, agotada, aún sin fuerzas para pensar. Su gato se acercó y se tumbó a su lado. Agradeció profundamente la compañía del animal. Seguro que se había dado cuenta... Acarició distraídamente al felino hasta que, de pronto, se levantó enérgicamente. Tomó en sus manos el móvil y, con una sonrisa, borró su número de la agenda. Iba a empezar a recuperar su dignidad.